
Hoy quiero hablarte de algo que, con el paso de los años, he descubierto que marca una gran diferencia en el desarrollo de nuestros hijos: conocer qué les interesa de verdad.
Cuando un niño encuentra algo que despierta su curiosidad, su atención cambia, su cuerpo se activa y aparece el deseo de participar. Y cuando hay participación, aparecen las oportunidades de aprendizaje.
Por eso, antes de preguntarnos «¿cómo consigo que haga este ejercicio?», quizá deberíamos hacernos otra pregunta mucho más importante: ¿Qué le mueve a mi hijo? ¿Que le motiva? Porque la motivación no surge porque nosotros queramos que aprendan. Surge cuando aquello que les proponemos tiene un significado para ellos.
La motivación: mucho más que «tener ganas»
Podríamos definir la motivación como esa fuerza interna que nos impulsa hacia un objetivo. Es el motor que nos mueve a actuar y nos ayuda a mantener el esfuerzo necesario para conseguir aquello que deseamos. Pero en los niños, especialmente en aquellos que presentan dificultades en su desarrollo, la motivación no aparece por casualidad. Nace de sus intereses, de aquello que les emociona, les sorprende o les resulta agradable.
Ningún niño aprende de aquello que le resulta indiferente.
Muchas veces pensamos que nuestro hijo no quiere colaborar, que no presta atención o que rechaza una actividad. Sin embargo, detrás de esa falta de participación pueden esconderse muchas otras razones. Quizá la actividad no tiene sentido para él. Quizá le exige demasiado esfuerzo. Quizá está cansado. Quizá hay demasiados estímulos a su alrededor.. O quizá, simplemente, todavía no hemos descubierto aquello que consigue despertar su curiosidad.
En Atención Temprana sabemos que los intereses del niño son una de las herramientas más potentes para favorecer su desarrollo. Cuando descubrimos aquello que realmente llama su atención, podemos utilizarlo para trabajar muchísimos objetivos diferentes. Si le encantan las pompas de jabón, podemos favorecer el contacto visual, la atención conjunta, el seguimiento visual, la comunicación, los turnos o incluso el equilibrio.
Si le fascinan las luces, pueden convertirse en una oportunidad para provocar movimientos o desplazamientos. Si disfruta con la música, podremos utilizarla para estimular el lenguaje, la interacción o el movimiento. No se trata de luchar contra sus intereses. Se trata de construir el aprendizaje a partir de ellos.
Recuerdo perfectamente cómo empezamos nuestro camino con Cristina. Al principio trabajábamos algo tan sencillo, y al mismo tiempo tan importante, como conseguir que fijara la mirada en estímulos que despertaran su interés. Utilizábamos láminas llamativas, juguetes con luces o sonidos y cualquier elemento que consiguiera captar su atención. Después buscamos que moviera la cabeza. Más adelante las manos. Poco a poco llegaron los volteos, el arrastre, el gateo y, con el tiempo, la marcha. Pero había algo que nunca cambiaba. Siempre existía un motivo para moverse.
No queríamos que realizara un movimiento porque sí. Queríamos que encontrara una razón para hacerlo.
Recuerdo que, en una etapa, utilizábamos gusanitos porque le encantaban. Los colocábamos delante de ella para invitarla a avanzar mientras, desde detrás, la ayudábamos a comprender cómo debía organizar su cuerpo para conseguirlo. Ese pequeño gesto cambió por completo el sentido del ejercicio. Ya no era una repetición sin más. Era un reto que tenía un objetivo. Y eso marcaba la diferencia. Porque el movimiento sin intención puede convertirse en un ejercicio. Pero el movimiento con intención se convierte en participación..
Hay algo que muchas veces olvidamos. La participación no depende únicamente del niño. También depende del entorno que somos capaces de ofrecerle. Cómo presentamos una actividad. Qué materiales utilizamos. El tiempo que le damos para responder. Las ayudas que ofrecemos. El ambiente que creamos. Todo influye.
Por eso me gusta hablar de crear entornos enriquecidos. No significa llenar la casa de juguetes. Significa ofrecer oportunidades para descubrir, explorar, tocar, mirar, escuchar, experimentar y comunicarse. Cada momento cotidiano puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje si sabemos aprovechar los intereses de nuestro hijo.
A veces confundimos motivación con recompensa. Pensamos que motivar consiste en decir: «Si haces esto, después tendrás un premio.» Sin embargo, la verdadera motivación aparece cuando la propia actividad resulta interesante para el niño. Cuando quiere alcanzar ese juguete porque realmente desea jugar con él. Cuando intenta desplazarse porque quiere llegar hasta mamá. Cuando vuelve a intentarlo porque disfruta participando.
Nuestro objetivo no es que haga las cosas solo para obtener una recompensa. Queremos que descubra el placer de participar, explorar y aprender.
Hoy sabemos que el aprendizaje está profundamente relacionado con las emociones. Cuando un niño siente curiosidad, disfruta, se sorprende o comparte un momento agradable con las personas que le acompañan, su cerebro está mucho más preparado para aprender. Por eso el juego no es un descanso de la terapia.
El juego es el contexto natural donde el aprendizaje ocurre de forma más significativa. Y ahí es donde nosotros, como familias, tenemos un papel fundamental.
A veces dedicamos mucho tiempo buscando el juguete perfecto, el ejercicio perfecto o la terapia perfecta. Pero quizá la pregunta más importante sea otra. ¿Qué hace sonreír hoy a mi hijo? ¿Qué despierta su curiosidad? ¿Qué le hace volver a intentarlo una vez más?
Porque muchas veces es ahí donde comienza todo lo demás. No podemos elegir las dificultades con las que nacen nuestros hijos.Pero sí podemos elegir cómo acompañarlos.
Podemos aprender a observar, a respetar sus intereses y a convertir esos pequeños momentos cotidianos en oportunidades de desarrollo.
Porque cuando un niño participa con interés, el aprendizaje deja de ser una obligación y se convierte en una oportunidad.